La noche del 3 de enero, un helicóptero Chinook se llevaba al dictador Nicolás Maduro hacia una cárcel de Nueva York. Detrás, quedaron los cuerpos de 87 soldados muertos durante la rápida intervención de los Delta Force, un gobierno ‘encargado’ a la vicepresidenta Delcy Rodríguez y un pueblo sumido en la incertidumbre, el agotamiento y la esperanza.
El Español
Dos meses y medio después, la calle se pregunta cuánto más tendrá que esperar para que su país vuelva a funcionar. Hay que reconstruirlo desde lo básico: electricidad que no se corte a cada rato, agua corriente que fluya por los grifos, medicamentos que alivien el padecimiento de los enfermos y elecciones libres.
Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela en 2017, declaró en una entrevista reciente a este medio: «Cuando Trump se llevó a Maduro, le quitó un tapón al futuro de este país». Ahora se puede pensar en el mañana, pero queda mucho por hacer.
Arantxa desciende de vascos emigrados a Venezuela con el franquismo. Nació en Caracas hace 59 años y está muy orgullosa de su origen: «Ocho apellidos vascos son pocos. Yo tengo el doble», asegura.
Sus hermanas regresaron a Álava hace años, pero ella tuvo que quedarse a cuidar de su madre: «Aquí no ha cambiado nada. Si acaso, estamos peor», dice. Se lamenta de que en estos meses la vida ha subido muchísimo y sobrevivir se ha convertido en un ejercicio muy complicado.
«Los precios del supermercado están en dólares», cuenta. El problema es que la moneda se ha devaluado mucho desde la captura de Maduro: a principios de año, un dólar se cambiaba por 300 bolívares. Ahora cuesta cerca de 450. En la práctica, todo es un 50% más caro que hace dos meses.
«Antes, al menos, era fácil encontrar dólares en el mercado negro», asegura. «Al desaparecer el narcotráfico, han dejado de circular. No hay forma de conseguirlos si no te los envía un familiar desde fuera», añade.
Lo peor es la falta de medicinas. Hay pocas y las que se encuentran son caras: «A veces tengo que elegir entre tomarme la pastilla o comprar comida para mi madre y para mí», asegura.
Arantxa no tiene un trabajo estable. Se dedica a la producción audiovisual para empresas. «En los dos últimos meses, todo está parado», confiesa. «Cuando necesito dinero, me ofrezco para transportar cosas o hacer recados, coser, lo que sea. Lo que quiero es trabajar», declara.
Se pregunta dónde van a parar los dólares que dice el Gobierno que están entrando. Los venezolanos desconfían de que el dinero llegue donde hace falta. «Dicen que han enviado muchas medicinas, pero no conozco a nadie que las haya visto», denuncia.
Cuando piensa en su futuro se derrumba: «He pasado la mitad de mi vida luchando para salir adelante. ¡Estoy agotada! ¡No puedo más!», solloza. Tiene la sensación de haber desperdiciado muchos años y le angustia no saber cómo vivirá su propia vejez.
Pero el pueblo venezolano se distingue por su resiliencia. Este va a ser un proceso largo y difícil, pero es inevitable sentir ansiedad al ver que el final se acerca: «Cuando puedo comprar mi medicina, me tomo la pastilla, miro al cielo y pienso que estamos en el buen camino», confiesa.
Nancy tiene 55 años y es gerente de recursos humanos en una distribuidora de gas doméstico. Como ciudadana, sufre las penurias de un coste de la vida rampante. Como ejecutiva de su especialidad, debe lidiar con un modelo laboral diabólico.
«El salario mínimo en Venezuela es de 130 bolívares al mes» explica. Al cambio actual, eso supone poco menos de 30 céntimos de euro. «Como es lógico, no se puede vivir con esa cantidad», dice.
El gobierno autoriza a las empresas a pagar unos bonos adicionales a sus empleados para llegar hasta 300 euros de ingresos mensuales. Un kilo de carne de ternera cuesta unos 15 euros, el 5% del salario medio.
Mario es un abogado de 35 años. Vive en Guacara, a 160 km al oeste de Caracas y se dedica a la política: «El sentimiento es de expectativa», reconoce. «Se nota que la represión a la que hemos estado sometidos durante los últimos años se ha relajado un poco», añade.
Describe la primera reunión pública de los líderes políticos de su región. A cara descubierta, sin esconderse: «Fue un momento muy emotivo. Por primera vez en mucho tiempo podíamos juntarnos sin escondernos. Pero se nota que la gente desconfía. Todavía es pronto y no se nos ha quitado el miedo», declara.
«Los americanos han autorizado la venta de petróleo. La producción todavía es pequeña, pero ya han salido 100 millones de barriles. Esos son dólares que entran en el país por conductos legales», detalla. Además, Washington también ha permitido vender oro, abriendo otro canal de ingresos para el país.
El joven abogado se lamenta de que los líderes locales son ajenos al proceso de transición: «El chavismo tenía todo el poder, pero una cosa es Caracas y otra el interior. Los caciques locales son los que dominan en las provincias», explica.
Los venezolanos opinan
A finales de enero, el estratega político estadounidense Mark Feierstein dirigió una encuesta para conocer la opinión del pueblo venezolano sobre los acontecimientos recientes. Feierstein participó activamente en el restablecimiento de relaciones con Cuba durante el mandato de Joe Biden y es un buen conocedor de la situación de Venezuela.
Los resultados son muy elocuentes: un 77% de los encuestados muestra una impresión desfavorable sobre Nicolás Maduro y un 55% aprueba su captura. La opinión se extiende también a la presidenta encargada Delcy Rodríguez: un 73% desaprueba su figura y un 68% piensa que no representa un cambio de régimen.
La principal preocupación de los ciudadanos es el coste de la vida, seguida de la sanidad y el empleo. Solo un 7% cree que la democracia debería estar entre las dos prioridades del Gobierno.
El 81% piensa que EEUU debería ocuparse de la recuperación económica y el 6% declara que debería centrarse solo en el restablecimiento de la democracia. Dos tercios de los encuestados creen que deberían convocarse elecciones antes de un año y la misma proporción declara que votará a María Corina Machado.
Los datos indican que el pueblo venezolano vive lo sucedido como un primer paso en la buena dirección. Ve el futuro con esperanza, aunque reconoce con pragmatismo que el esfuerzo ha de concentrarse en la recuperación económica. Luego podrá llegar la democracia.
Lo más llamativo es que un 67% opina que la amnistía no debería extenderse a los militares o políticos implicados en delitos de corrupción o contra los derechos humanos. Muchos venezolanos desearían volver a su patria y participar en su reconstrucción. En paralelo, habrá que abordar un proceso de reconciliación, aunque la mayoría deja claro que no puede ser sobre sospechas de impunidad.



